ESPIRAL
Victoria siempre ha tenido ese aire pueblerino, esa esencia de ciudad que no se decide a serlo, se despierta temprano, como una de esas ancianas solas a quien el primer rayo de sol las hace dar un modesto brinco de la cama para barrer la banqueta, alimentar a sus pájaros, preparar un monótono café que beberán despacio como para acortar su día.
Victoria abre los ojos a su plaza vencida, a su centro sin gente, a su río sin cauce, como yo, que abro los brazos sobre mi cama vacía, cuento con exactitud dieciséis minutos después de que el timbre del despertador irrumpe indeseable dentro de mi sueño, mientras mi mente se encarga de hilvanar increíbles telarañas sobre una vida alternativa que se quedo atrás, donde habitan las cosas que no pueden ser. Me levanto despacio, con una vejez prematura que ya pesa en mis talones, tomo un baño caliente a pesar del incesante sol, acosándome desde las siete de la mañana, y salgo, atándome trozos de rutina en el cabello mojado.
Despojada de todo, salí a la calle un miércoles de septiembre de 1997, con un ojo morado que me regaló mi padre, unos cuentos billetes amarrados en un calcetín, y una célula expansiva dentro de mi vientre.
Busqué a Carlos sin poder encontrarlo. Mi mundo pareció cerrarse de pronto, todos mis sueños enviados al carajo por tres minutos exactos bajo una fría escalera oyendo a Carlos susurrarme obscenidades al oído, y ahora estaba ahí, en la plaza del ocho, carente de esperanzas, padres, casa, escuela, asideros, mi propia vida.
Dediqué mas de dos horas a profundas reflexiones que iban desde abortar hasta dormir en la plaza o pagar un hotel esperando que papa cediera, por fin tome la decisión mas definitiva, irme lejos, lo mas lejos que pudiera. Me encamine a la central, tome un autobús de segunda que aumentó mis náuseas cotidianas, abrí los ojos en la central del norte, mareada por la multiplicidad de hombres, olores, voces, nalgas, piernas, rostros deambulando frente a mis narices sin lograr aprehender una sola. Tuve que sentarme para asimilar esta nueva realidad que había comprado, los billetes habían desaparecido cuando elegí el destino, y tenía hambre, así que recurrí al gastado truco de decir “Me han robado mi bolso y debo juntar para el pasaje”, los hombres son mas fáciles, puedes leerles la urgencia del miembro en las pupilas, y ante un rostro que no acaba de atravesar la adolescencia pocos pueden resistirse. Con las mujeres era más difícil, primero ponían una cara extraña, mientras dos dedos oprimían sus respectivos bolsos, para bajar los ojos y dar débilmente una respuesta negativa.
Los fondos recaudados me alcanzaron para una torta de milanesa con refresco, me subí al metro y llegue al zócalo, caminaba embelesada ante tantas cosas nuevas, sin alcanzar a acequiarlas todas, de pronto, un rostro ceniciento y anguloso me hizo detener mis pasos, un cuerpo delgado, enfundado en negro, me ofrecía pulseras y abalorios, Marco notó inmediatamente mi extranjería, y amablemente, para darme la bienvenida, terminamos sentados bebiendo cerveza en el cuarto que rentaba, donde después de quitarme la ropa le otorgué el permiso de entrar en mi cuerpo, y me quede allí durante los siguientes once meses.
Mi vientre fue creciendo aceleradamente sin que eso pareciera preocupar a Marco, quien detrás de su nube de humo penetraba vehementemente mi enorme cuerpo cada vez que se le antojaba.
Yo no me sentía muy bien, tanto beber cerveza, fumar yerba y tabaco parecían estar haciendo sus estragos. Pasaba el día tumbada en la cama, hilvanando cuentas de pulseras y collares, iba a la tienda a comprar frijoles y atún enlatados, a veces jamón, dependiendo como fueran las ventas.
Marco después de escucharme tararear mientras me bañaba a cubetazos de agua fría, me incito a cantar en los camiones, aludiendo a que tenía una buena voz, y una púber embarazada siempre es presa de los restos de piedad que aun embargan a más de un capitalino que al extender la moneda, lava un pedacito de su culpa privada.
Canté y canté hasta que mis pies hinchados como sapos, me obligaban a parar después de tres camiones, me sofocaba, apenas podía mantenerme en pie agarrada débilmente de un tubo de acero mientras entonaba dos boleros.
La oh gran ciudad es un monstruo de concreto añejo, una matriz inmensa llena de anónimas soledades, es una ciudad sin piedad, vive en ti, es inhabitable, es ella quien te obliga a acelerar el paso aun cuando tu cuerpo reclama descanso, hay que desconfiar de todos, hasta del hombre que te comparte su cama y sus frijoles enlatados, hasta de ti misma, sobre todo de ti misma.
Mi célula termino su expansión y salió a respirar el contaminado aire de este mundo una mañana de Mayo, a manos de una partera, en el mugriento cuarto que hacía las veces de un hogar.
Le llame Oliverio, un poco por venganza por haberme jodido la vida, y otro poco por un poeta que alguna vez vi en la televisión.
Amamantaba a Oliverio a todas horas, cada vez que lloraba me daban ganas de largarme, de ahogarlo en el lavabo, cual si de un gato se tratara, Marco se largaba maldiciendo ante cualquier mínimo ruido, había comenzado a traer coca, heroína, se había vuelto un distribuidor, con el pretexto de tener dinero para mantener a Oli, las jeringas reposaban siempre sobre la mesa, invitándome a huir hacia la maldita inconsciencia.
Comencé a tomar las drogas que Marco dejaba sobre la mesa y ya no escuchaba a Oli llorar, los amigos de Marco le daban leche con chocolate en un biberón improvisado, ya no quería saber más, hundida como estaba en mi infinita soledad.
Una mañana de junio desperté cuando sentí un tirón de cabellos que me arrancaba del sueño, los gritos de Marco reclamándome la droga que me había inyectado; me tumbó de un puñetazo en la cara, la sangre salpicó las paredes ajadas, yo reía a carcajadas, tambaleante me lavé la cara y salí a cantar para pagar algo que me hiciera sobrevivir la noche.
Cuando llegué, Oli no estaba, y me sentí presa de una inusual desesperación “lo vendí” dijo Marco con sarcástica sonrisa.
Salí corriendo como si escapara de mi misma, caminé por calles hasta entonces desconocidas, canté con vehemencia durante una semana, durmiendo donde se pudiera, incluso ofrecí mis servicios a dos ancianos en unos baños públicos, y cuando por fin tuve en mis manos el dinero suficiente para cambiarme de ropa, y comprar un boleto, regresé.
Toqué a la puerta, extrañada de ver un moño negro en la entrada, mamá me abrazó llorando desde su silla de ruedas, papa había muerto, el coche se despeñó en una curva cuando regresaban de unas vacaciones.
Salgo a la calle uniformada de azul y blanco, el edificio de gobierno me recibe diariamente, recuerdo con un dejo de burla, que solía decir “yo nunca seré una burócrata”.
Me burlo porque es lo único que puedo hacer ahora, encadenada a la plaza que dejo papá, mirando tarde a tarde las mismas caras en el Vips, en las calles, las montañas que cuando niña prometían ocultos paraísos y ahora solo son barrotes de una cárcel imaginaria que yo misma he construido.
Con apenas 24 me doy cuenta que mi vida es una espiral que baja y baja, anciana prematura, mediocre pueblerina, enfermera de una inválida.
Han pasado exactos dieciséis minutos, me levanto, abro la ventana, Victoria se despereza ante mis ojos. ¡Bienvenida seas monotonía!
jueves, 14 de julio de 2011
jueves, 10 de marzo de 2011
Tengo cinco minutos para dejar que las palabras me lleven a cualquier lugar que yo se los permita, en realidad parece que por fin estoy tomando rienda de mi vida, dejando de ocultar los pequeños trozos de prosa que escribo en cualquier parte para que no se me olvide que en algún momento algunas personas creyeron que de verdad yo tenía un innegable talento para la literatura, las estoy sometiendo a los ojos y al juicio infalible de ÉL que me ha dicho hace un par de noches, yo creo que tus escritios carecen de calidad, es decir, los últimos, pero AÚN CREO EN TI, y si, he de aceptarlo, soy una mujer, soy débil, y ese aún creo, me fue suficiente para cerrar los ojos y entregarle las hojas donde finalmente hablo de él y para él, pero me pone nerviosa pensar que pueda entenderlo, que con una mirada malintencionada y dos palabras perfectamente enlazadas destruya la constancia que según yo estoy tratando de formarme... Debo dejar de pensar en base a sus opiniones, lo sé, en fin, mañana lo sabré...
jueves, 24 de febrero de 2011
23 de febrero
Un año más ha pasado, y hoy no lo olvidé, sé perfectamente que es tu cumpleaños, y no quiero excusarme porque estoy ensayando esta nueva personalidad, ser alguien que finalmente afronta la realidad con sus consecuencias, porque a pesar de que pueda yo nombrarte en una lista interminable de minucias cotidianas, no me regalé esos minutos para escuchar tu voz del otro lado del teléfono, no te regalé a ti esa certeza de que me importas, de que a pesar de mis constantes silencios y mis obvias ausencias, te quiero, y probablemente sólo iba a llamarte para decirte esa suerte de perogrullo que son siempre las felicitaciones de cumpleaños, pasátela súper, que todos tus sueños se hagan realidad, aunque honestamente sabemos que eso es prácticamente imposible, y no lo digo con el afán de menospreciar tu vida o tu situación actual, lo hago, en un acto de honestidad y conocimiento de causa, porque sé perfectamente que tu vida no es ni siquiera medianamente lo que esperabas, y que a pesar de que yo te envíe doscientos millones de abrazos, y cuatrocientos mil buenos deseos, mañana volverás a despertar a la misma mierda de siempre, a la llovizna de todos los días, al asco de enfrentarte al espejo y no encontrarte o al menos no encontrar lo que deseas, a la misma sensación de vacío cuando extiendes la mano y al parecer es otra mano extraña la que llega al encuentro, y sé perfectamente que volteas hacia atrás y no te arrepientes porque no eres de ese tipo, y sé que miras a tu hija a los ojos y encuentras razones para voltear al mundo y ponerlo a tu favor, y sé perfectamente que con el mismo entusiasmo que tejes teorías para solucionarlo todo, llega la noche y te derrumbas, con el estómago vacío y la cabeza atiborrada de cosas pendientes, deudas, medicinas, proyectos inconclusos, ausencias mallogradas, amigos que no están, y sé perfectamente que quisieras gritar, salir a la calle, arrancarte la blusa, y decir en pie de voz "Me está cargando..." pero a lo sumo, encenderás un cigarro en la penumbra al cobijo del frío nocturno, y dejarás que el humo ahuyente esos malos pensamientos de tu cabeza, porque finalmente debes guardar la compostura, mantener el corazón calmo y la mente fría, porque sabes que hay alguien que ahora te necesita, y no con esa necesidad carnal, desesperada, como la que creíste conocer, sino con una necesidad simple, sin cuestionamientos, ni pretextos, sin dobleces, ni aspavientos, y es lindo, al final del día, es sobrecogedora la sensación de ser lo más importante en la vida de alguien, ser la mano creadora y modeladora de esa criatura que te mira con ojos de desconcierto, sin alcanzar a comprender que has renunciado a tu vida, a tus sueños, a tu maquillaje y a los desvelos, a los cigarros, y a esa bendita irresponsabilidad de la vida de los solitarios, por ella, y quizá nunca lo sepa, y peor aún, quizá nunca lo valore, pero sé también que no te importa, porque es suficiente mirarla allí sentada, sabiendo que está viva porque tú lo has logrado, y te sentirás tan orgullosa, casi al punto de las lágrimas, y no sabrás si son lágrimas de felicidad, o de llana desesperación...
Y finalmente esta carta era para ti, y digo era, como la más clara comprobación de que ya no somos tú, Estela, la mujer, la amiga, la hermana, ya no soy yo, la cómplice, somos apenas bosquejos de eso que algún día fuimos, y lo peor es que no lo hemos elegido así, finalmente la vida nos ha llevado lejos, físicamente, sin embargo, a pesar de que no siempre lo acepte o lo diga a viva voz, te extraño, porque en toda esta media década en que tu ausencia se me aparece de cuando en cuando en los rincones, donde ya no te busco, pero te nombro, acaso como un conjuro, para que la soledad no me caiga despiadada sobre los hombros, acaso para no olvidar tu nombre, quizá sólo para tener la certeza de que existes fuera de mi cabeza; no ha llegado ninguna mujer que haya sido capaz de llenar el vacío que dejaste en mi vida, no he podido hacer esa maravillosa conexiòn que hicimos a través de una ventana lluviosa entre unos discos del VIPS, esas ganas de que llegara la noche para encontrarnos en la mesa del café y desmenuzarnos el día, y llenarnos de humo los pulmones, mientras las noches se hacían cortas al vaivén de las palabras, de verdad extraño esas caminatas bajo el frío y la soledad del filo de la madrugada, esas interminables partidas de dominò, y para que te des una idea de què tan descabelladamente te extraño, hasta las pelìculas de artes marciales, que insistìas en ponerme. Pero como te decìa antes, es tan difícil aceptar que todo aquello ha quedado atrás, que esa vida ya no nos pertenece, y probablemente no volverá a ser nuestra, conforme el tiempo va pasando me doy cuenta que mucho de este proceso de volverse vieja tiene muchísimo que ver con renunciar, con resignarse, con aceptar que ya no habrá más, que no estaremos de nuevo juntas como estuvimos en algún momento, sin embargo, algo podremos rescatar, ¿no?...
Sé que estos intentos míos por buscarte, por cruzar las barreras, no son suficientes, y como te decía antes, no quiero excusarme, pero tampoco quiero que pienses que no me importas, en verdad, me importas, y te quiero tanto, que si estuviera en mis manos, esta carta te la estaría entregando yo, pero sabemos que eso no es posible, y que ojalá todo salga bien y podamos en algunos meses tenernos frente a frente y escupirnos a la cara las verdades, y compartamos un par de lágrimas furtivas, y podamos de nuevo cerrar nuestro encuentro con un abrazo, como ése, de aquella noche, de hace ya casi tres años, cuando nos sobraron las palabras y ambas supimos que ya todo se habìa dicho, y que finalmente ambas comprendìamos perfectamente lo que la otra necesitaba decir... Por eso es que te extraño, esa comunión no es fácil encontrarla con cualquiera,mientras tanto, me quedaré acá deseando tener noticias tuyas...
Y finalmente esta carta era para ti, y digo era, como la más clara comprobación de que ya no somos tú, Estela, la mujer, la amiga, la hermana, ya no soy yo, la cómplice, somos apenas bosquejos de eso que algún día fuimos, y lo peor es que no lo hemos elegido así, finalmente la vida nos ha llevado lejos, físicamente, sin embargo, a pesar de que no siempre lo acepte o lo diga a viva voz, te extraño, porque en toda esta media década en que tu ausencia se me aparece de cuando en cuando en los rincones, donde ya no te busco, pero te nombro, acaso como un conjuro, para que la soledad no me caiga despiadada sobre los hombros, acaso para no olvidar tu nombre, quizá sólo para tener la certeza de que existes fuera de mi cabeza; no ha llegado ninguna mujer que haya sido capaz de llenar el vacío que dejaste en mi vida, no he podido hacer esa maravillosa conexiòn que hicimos a través de una ventana lluviosa entre unos discos del VIPS, esas ganas de que llegara la noche para encontrarnos en la mesa del café y desmenuzarnos el día, y llenarnos de humo los pulmones, mientras las noches se hacían cortas al vaivén de las palabras, de verdad extraño esas caminatas bajo el frío y la soledad del filo de la madrugada, esas interminables partidas de dominò, y para que te des una idea de què tan descabelladamente te extraño, hasta las pelìculas de artes marciales, que insistìas en ponerme. Pero como te decìa antes, es tan difícil aceptar que todo aquello ha quedado atrás, que esa vida ya no nos pertenece, y probablemente no volverá a ser nuestra, conforme el tiempo va pasando me doy cuenta que mucho de este proceso de volverse vieja tiene muchísimo que ver con renunciar, con resignarse, con aceptar que ya no habrá más, que no estaremos de nuevo juntas como estuvimos en algún momento, sin embargo, algo podremos rescatar, ¿no?...
Sé que estos intentos míos por buscarte, por cruzar las barreras, no son suficientes, y como te decía antes, no quiero excusarme, pero tampoco quiero que pienses que no me importas, en verdad, me importas, y te quiero tanto, que si estuviera en mis manos, esta carta te la estaría entregando yo, pero sabemos que eso no es posible, y que ojalá todo salga bien y podamos en algunos meses tenernos frente a frente y escupirnos a la cara las verdades, y compartamos un par de lágrimas furtivas, y podamos de nuevo cerrar nuestro encuentro con un abrazo, como ése, de aquella noche, de hace ya casi tres años, cuando nos sobraron las palabras y ambas supimos que ya todo se habìa dicho, y que finalmente ambas comprendìamos perfectamente lo que la otra necesitaba decir... Por eso es que te extraño, esa comunión no es fácil encontrarla con cualquiera,mientras tanto, me quedaré acá deseando tener noticias tuyas...
viernes, 18 de febrero de 2011
El juego final
Era ya la cuarta copa que Carlos servía, la segunda de Claudia, mientras Hugo miraba solamente cómo las cosas se iban tornando a su favor. Claudia siempre había sido poco menos que una esclava de los deseos malsanos de Carlos y Hugo sabía perfectamente que la dinámica se tornaba más íntima en perfecta relación con la cantidad de alcohol ingerida.
No pasaron muchos minutos para que Carlos mencionara la ya trillada historia de su relación abierta y cómo ambos podían sin ningún arrepentimiento encontrar placer en otros cuerpos, en realidad Hugo nunca la había deseado, sus manos toscas, ese andar indiscreto y su desfachatez para decir las cosas lo intimidaban, además de esa pregonada lealtad masculina, ella era la mujer de Carlos, y ambos habían compartido miles de historias desde su incipiente pubertad, pero finalmente, qué hombre en su sano juicio rechaza a una mujer desnuda y complaciente en plena madrugada, entre un hombre y sus deseos, la lealtad es poco menos que un estorbo, así que mientras Carlos hablaba interminablemente acerca de algún viaje o probablemente de sus hijos, la mente de Hugo divagaba entre un pezón y otro, en la curva de una espalda desconocida a sus manos, en el sabor de una boca distinta, con olor a ron y a tabaco, una lengua ávida y rasposa, exigente y entregada.
Hugo se sirvió una copa porque sus manos nerviosas comenzaban a delatarlo, sentía el sudor resbalarse por entre sus piernas, y al parecer Claudia había notado sus dagas obscuras clavarse en su escote, puesto que lo miraba de frente, casi retándolo a hacer algo, a decir algo, pero sabía perfectamente que era demasiado cobarde para tomar la inciativa.
En realidad, Claudia no sentía la más mínima atracción por el amigo de Carlos, era simplemente un accesorio, una presencia necesaria, un silencio personificado, así le gustaba describirlo cuando Carlos no estaba, le parecía demasiado tibio, muy simple, horriblemente gris, y con pocos dotes para la conversación, sin embargo, Carlos se había encargado de mitificar las capacidades sexuales de su amigo, quizá como una prueba de fuego, a ver si lograba interesarla, probablemente sólo para reforzar su ego, cuando Claudia se opusiera al morboso experimento.
Habían comenzado a jugar cartas cuando Carlos se había servido ya la sexta copa, y Claudia la cuarta, Hugo dudaba con la tercera, puesto que no acostumbraba a beber, sentía como la sangre se iba calentando, y un conocido cosquilleo amenazaba con alcanzarle la entrepierna.
Las cartas iban y venían de un lado a otro de la mesa, Hugo inetntaba disfrazar su nerviosismo llenando el silencio con palabras gastadas, con anécdotas de sobra conocidas ya por todos, y de obviedades respecto al clima, la inseguridad, el trabajo, y cualquier pequeñez que se le viniera a la cabeza, como tratando de algún modo, desviar el que él pensaba, era un tema inminente, y que a pesar de sus temores, y su aparente animadversión, de alguna manera oculta, deseaba, Carlos parecía rodearlo de una manera segura, como el cazador que conoce perfectamente las debilidades de su presa y las irregularidades del terreno, hablaba sobre mujeres, pero cuando el tempa parecía ponerse demasiado íntimo, tomaba un atajo y cambiaba la conversación; Hugo estaba ya desesperado, la expectación había ido consumiendo su paciencia y su cordura, y a pesar de no desear a Claudia de una forma conciente, ahora lo único que llenaba su cabeza era su cuerpo desnudo, mirando abnegadamente al piso, mientras Carlos desde la puerta los miraba, como un director de cine, orgulloso de sus logros, Claudia, notaba las miradas insistentes de Hugo, y no pudo dejar de imaginar el gran miembro de Hugo, tratando de salir para encontrarse con su boca, sus manos toscas introduciéndose impiadosas entre sus piernas. Si bien era cierto que Claudia era tan feliz como cualquier otra mujer puede ser con una relación a largo plazo, y no deseaba involcurarse en una aventura extramarital, era verdad que Carlos había logrado despertar su curiosidad con sus constantes comentarios sobre Hugo, a pesar de cencontrarlo sin gracia e incluso hasta ligeramente desagradable, probablemente la atmósfera viciada, los ojos de Hugo creándole una nueva identidad, deseada, renovada, recién inventada por sus ganas, quizá también era el alcohol, que parecía bajar de su garganta a su estómago como una lengueta de fuego, besándole las entrañas, pidiéndole compañía.
Conforme las horas fueron pasando y la botella quedándose vacía, ambos fueron perdiendo la esperanza de que las cosas sucedieran del modo deseado por ambos.
Ella se levantó de la mesa, con la mirada baja, tratando de disimular el rubor que sentía ahora dueño de sus pálidas mejillas, Carlos notó su marcado nerviosismo, y bromeando le dijo que por qué no intentaban un juego dónde participaran los tres, ella comprendió el mensaje de inmediato, y contrario a ocasiones anteriores en las que ella rechazara de antemano la oferta, esta vez levantó el rostro, y mirándolo a los ojos de una forma que no dejaba lugar a dudas, lo tomó de la mano y le dijo, anda, vamos a hacer lo que siempre has querido, y le señaló una silla, para que observara, como tantas veces lo habían planeado, ella, alentó a Hugo, que nervioso, no sabía si cruzar el umbral de la puerta, lo tomó de la hebilla del pantalón, jalándolo hacia sus manos, que inquietas trataban de desentrañar el misterio oculto bajo la mezclilla. Acercó su rostro, para tomar su miembro, mientras Carlos miraba la escena como si fuera parte de un show televisivo, solo hasta que Claudia, presa de un inesperado frenesí, pasó de un rincón a otro del cuerpo de Hugo, mordiendo, tocando, descubriendo, mientras él, solamente trataba de desviar la mirada de su amigo, poner la mente en blanco, y dejar de pensar que era precisamente ella, ese cuerpo ahora completamente a su merced, esos pechos, con sabor a sal y a tabaco, esas manos que trepaban y bajaban por sus muslos y caderas, trataba de cerrar los ojos y dejarse llevar, para no darse cuenta, que dos lágrimas rodaban impiadosas por el rostro de Carlos, quien llegado el momento en que Claudia quedó de espaldas a él, se levantó de la silla, abrió la puerta de su casa por última vez , y salió a la calle.
No pasaron muchos minutos para que Carlos mencionara la ya trillada historia de su relación abierta y cómo ambos podían sin ningún arrepentimiento encontrar placer en otros cuerpos, en realidad Hugo nunca la había deseado, sus manos toscas, ese andar indiscreto y su desfachatez para decir las cosas lo intimidaban, además de esa pregonada lealtad masculina, ella era la mujer de Carlos, y ambos habían compartido miles de historias desde su incipiente pubertad, pero finalmente, qué hombre en su sano juicio rechaza a una mujer desnuda y complaciente en plena madrugada, entre un hombre y sus deseos, la lealtad es poco menos que un estorbo, así que mientras Carlos hablaba interminablemente acerca de algún viaje o probablemente de sus hijos, la mente de Hugo divagaba entre un pezón y otro, en la curva de una espalda desconocida a sus manos, en el sabor de una boca distinta, con olor a ron y a tabaco, una lengua ávida y rasposa, exigente y entregada.
Hugo se sirvió una copa porque sus manos nerviosas comenzaban a delatarlo, sentía el sudor resbalarse por entre sus piernas, y al parecer Claudia había notado sus dagas obscuras clavarse en su escote, puesto que lo miraba de frente, casi retándolo a hacer algo, a decir algo, pero sabía perfectamente que era demasiado cobarde para tomar la inciativa.
En realidad, Claudia no sentía la más mínima atracción por el amigo de Carlos, era simplemente un accesorio, una presencia necesaria, un silencio personificado, así le gustaba describirlo cuando Carlos no estaba, le parecía demasiado tibio, muy simple, horriblemente gris, y con pocos dotes para la conversación, sin embargo, Carlos se había encargado de mitificar las capacidades sexuales de su amigo, quizá como una prueba de fuego, a ver si lograba interesarla, probablemente sólo para reforzar su ego, cuando Claudia se opusiera al morboso experimento.
Habían comenzado a jugar cartas cuando Carlos se había servido ya la sexta copa, y Claudia la cuarta, Hugo dudaba con la tercera, puesto que no acostumbraba a beber, sentía como la sangre se iba calentando, y un conocido cosquilleo amenazaba con alcanzarle la entrepierna.
Las cartas iban y venían de un lado a otro de la mesa, Hugo inetntaba disfrazar su nerviosismo llenando el silencio con palabras gastadas, con anécdotas de sobra conocidas ya por todos, y de obviedades respecto al clima, la inseguridad, el trabajo, y cualquier pequeñez que se le viniera a la cabeza, como tratando de algún modo, desviar el que él pensaba, era un tema inminente, y que a pesar de sus temores, y su aparente animadversión, de alguna manera oculta, deseaba, Carlos parecía rodearlo de una manera segura, como el cazador que conoce perfectamente las debilidades de su presa y las irregularidades del terreno, hablaba sobre mujeres, pero cuando el tempa parecía ponerse demasiado íntimo, tomaba un atajo y cambiaba la conversación; Hugo estaba ya desesperado, la expectación había ido consumiendo su paciencia y su cordura, y a pesar de no desear a Claudia de una forma conciente, ahora lo único que llenaba su cabeza era su cuerpo desnudo, mirando abnegadamente al piso, mientras Carlos desde la puerta los miraba, como un director de cine, orgulloso de sus logros, Claudia, notaba las miradas insistentes de Hugo, y no pudo dejar de imaginar el gran miembro de Hugo, tratando de salir para encontrarse con su boca, sus manos toscas introduciéndose impiadosas entre sus piernas. Si bien era cierto que Claudia era tan feliz como cualquier otra mujer puede ser con una relación a largo plazo, y no deseaba involcurarse en una aventura extramarital, era verdad que Carlos había logrado despertar su curiosidad con sus constantes comentarios sobre Hugo, a pesar de cencontrarlo sin gracia e incluso hasta ligeramente desagradable, probablemente la atmósfera viciada, los ojos de Hugo creándole una nueva identidad, deseada, renovada, recién inventada por sus ganas, quizá también era el alcohol, que parecía bajar de su garganta a su estómago como una lengueta de fuego, besándole las entrañas, pidiéndole compañía.
Conforme las horas fueron pasando y la botella quedándose vacía, ambos fueron perdiendo la esperanza de que las cosas sucedieran del modo deseado por ambos.
Ella se levantó de la mesa, con la mirada baja, tratando de disimular el rubor que sentía ahora dueño de sus pálidas mejillas, Carlos notó su marcado nerviosismo, y bromeando le dijo que por qué no intentaban un juego dónde participaran los tres, ella comprendió el mensaje de inmediato, y contrario a ocasiones anteriores en las que ella rechazara de antemano la oferta, esta vez levantó el rostro, y mirándolo a los ojos de una forma que no dejaba lugar a dudas, lo tomó de la mano y le dijo, anda, vamos a hacer lo que siempre has querido, y le señaló una silla, para que observara, como tantas veces lo habían planeado, ella, alentó a Hugo, que nervioso, no sabía si cruzar el umbral de la puerta, lo tomó de la hebilla del pantalón, jalándolo hacia sus manos, que inquietas trataban de desentrañar el misterio oculto bajo la mezclilla. Acercó su rostro, para tomar su miembro, mientras Carlos miraba la escena como si fuera parte de un show televisivo, solo hasta que Claudia, presa de un inesperado frenesí, pasó de un rincón a otro del cuerpo de Hugo, mordiendo, tocando, descubriendo, mientras él, solamente trataba de desviar la mirada de su amigo, poner la mente en blanco, y dejar de pensar que era precisamente ella, ese cuerpo ahora completamente a su merced, esos pechos, con sabor a sal y a tabaco, esas manos que trepaban y bajaban por sus muslos y caderas, trataba de cerrar los ojos y dejarse llevar, para no darse cuenta, que dos lágrimas rodaban impiadosas por el rostro de Carlos, quien llegado el momento en que Claudia quedó de espaldas a él, se levantó de la silla, abrió la puerta de su casa por última vez , y salió a la calle.
jueves, 9 de diciembre de 2010
borrador pepe
Algo de pronto se quebró, una palabra, un beso, un respiro, un aullar de ambulancias a lo lejos, un paisaje congelado en una ventana sin estrellas y nadie se dio cuenta, ni él mismo...
De pronto bajó del autobús a deambular como un cachorro que recién sale del vientre de su madre, tembloroso y aterrado, se abrió paso entre la gente, y ahí estaba en el piso como un trapo sucio, su hermano, o lo que él creía había sido su hermano, al lado, un coche destrozado, sangre, vísceras, un llanto de mujer, un coro a cuatro gritos "esto no puedo estar pasando", la luz, una siniestra y cegadora luz, un zumbido de trescientas abejas luchando por entrar en sus oídos y la nada, por fin...
En casa sonó el teléfono, "Eduardo está muerto" así, sin más, vomitó Pepe las palabras en el auricular, de no ser porque Eduardo miraba pácificamente la televisión en el cuarto de al lado, cualquiera hubiese creído lo que oía, puesto que no había razones para no creer en su palabra. No había razones, o quizá nadie las había podido ver...
Sí, era medio raro cuando niño, se quitaba los zapatos porque quería ser libre, se metía cosas en la nariz, en las orejas, no hablaba mucho, y cuando lo hacía parecía errático, tartamudo, pero con nueve hijos que atender y poco dinero para alimentarlos, nadie presta atención a las singularidades de uno, y así, silencioso, larguirucho, con ojos que parecían amenazar con saltar de sus órbitas, y unas profundas ojeras, frutos de un desvelo innecesario capturando con un lápiz toda la belleza que no podía asir con sus manos, así, anónimo, fue creciendo hasta que sus pequeñas rarezas saltaron a la superficie, cuando Yasmín, su sobrina caminaba de forma extraña y preguntaba con toda la inocencia propia de una niña de tres años: "Mami, por qué me escurre sangre por las piernas?" y que todos en la casa quisieron matarlo y castrarlo, y meterlo a la cárcel, pero que finalmente tras unos pocos días parecían haber olvidado el accidente, solo para que pocos meses después, uno de sus hermanos abriera la puerta y lo encontrara retozando alegremente con un jovencito de apenas catorce años, y otra vez, fue un capítulo borrado, una de esas imágenes que llenan los sueños y en la mañana aparecen borrosas y a lo largo del día se pierden entre la maraña de recuerdos olvidados.
"Eduardo está muerto" repetía como una cansada grabación, vacuo, sin emoción alguna, Hilda le preguntó dónde estaba, y fue a buscarlo. Llegó a casa, con los ojos perdidos en un viaje que llevaba a ningún lado, las manos rígidas, ya no era él, era apenas una caricatura, algo que alguna vez perdida en el pasado había sido un hombre...
Todos parecían tan sorprendidos, como si de pronto hubieran despertado y se encontraran con una realidad diametralmente opuesta a la que habían vivido hasta entonces, como si de ninguna manera él hubiese dado señales tiempo atrá, de que algo muy grave se gestaba en los pasadizos de su mente, Hilda se mordía las uñas, caminando cansadamente de un lado a otro del cuarto, hilvanando teorías totalmente carentes de evidencia científica, e incluso afirmando que todo esto debía ser producto de la hechicería. Tomás, fumando desde la puerta, mirando con marcada altanería todo el desgarrador cuadro familiar, autoexcluyéndose de la enfermiza dinámica, emitiendo el juicio sumario de que el señor simplemente estaba fingiendo una enfermedad con el propósito de molestar a los demás, por otro lado Sebastián,resguardado en su altivez, meneaba la cabeza de un lado a otro, pero desligándose, menos bruscamente pero aún así, soltando amarras, y musitando posibles soluciones a nadie, porque tras la cortina de humo, Pepe se debatía entre las voces que le llamaban "El diablo" haciendo referencia a esa joroba que desde la juventud comenzó a deformar su espalda, y entre las señales que el cielo le enviaba, prometiéndole una vida mejor cuando "esos seres" llegaran a buscarlo, provenientes de lejanas estrellas, y lo llevaran a un viaje sin retorno. Lulú miraba sin mirar, presa de un desconcierto pocas veces sentido dentro de una vida digamos cómoda, en la que su decisión más importante había sido escoger un pretendiente sobre otro, basándose exclusivamente en sus características físicas, así, que mientras se maquillaba escuchaba solamente como las cuatro viejas paredes de su casa, parecían cimbrar el universo, su universo.
De pronto bajó del autobús a deambular como un cachorro que recién sale del vientre de su madre, tembloroso y aterrado, se abrió paso entre la gente, y ahí estaba en el piso como un trapo sucio, su hermano, o lo que él creía había sido su hermano, al lado, un coche destrozado, sangre, vísceras, un llanto de mujer, un coro a cuatro gritos "esto no puedo estar pasando", la luz, una siniestra y cegadora luz, un zumbido de trescientas abejas luchando por entrar en sus oídos y la nada, por fin...
En casa sonó el teléfono, "Eduardo está muerto" así, sin más, vomitó Pepe las palabras en el auricular, de no ser porque Eduardo miraba pácificamente la televisión en el cuarto de al lado, cualquiera hubiese creído lo que oía, puesto que no había razones para no creer en su palabra. No había razones, o quizá nadie las había podido ver...
Sí, era medio raro cuando niño, se quitaba los zapatos porque quería ser libre, se metía cosas en la nariz, en las orejas, no hablaba mucho, y cuando lo hacía parecía errático, tartamudo, pero con nueve hijos que atender y poco dinero para alimentarlos, nadie presta atención a las singularidades de uno, y así, silencioso, larguirucho, con ojos que parecían amenazar con saltar de sus órbitas, y unas profundas ojeras, frutos de un desvelo innecesario capturando con un lápiz toda la belleza que no podía asir con sus manos, así, anónimo, fue creciendo hasta que sus pequeñas rarezas saltaron a la superficie, cuando Yasmín, su sobrina caminaba de forma extraña y preguntaba con toda la inocencia propia de una niña de tres años: "Mami, por qué me escurre sangre por las piernas?" y que todos en la casa quisieron matarlo y castrarlo, y meterlo a la cárcel, pero que finalmente tras unos pocos días parecían haber olvidado el accidente, solo para que pocos meses después, uno de sus hermanos abriera la puerta y lo encontrara retozando alegremente con un jovencito de apenas catorce años, y otra vez, fue un capítulo borrado, una de esas imágenes que llenan los sueños y en la mañana aparecen borrosas y a lo largo del día se pierden entre la maraña de recuerdos olvidados.
"Eduardo está muerto" repetía como una cansada grabación, vacuo, sin emoción alguna, Hilda le preguntó dónde estaba, y fue a buscarlo. Llegó a casa, con los ojos perdidos en un viaje que llevaba a ningún lado, las manos rígidas, ya no era él, era apenas una caricatura, algo que alguna vez perdida en el pasado había sido un hombre...
Todos parecían tan sorprendidos, como si de pronto hubieran despertado y se encontraran con una realidad diametralmente opuesta a la que habían vivido hasta entonces, como si de ninguna manera él hubiese dado señales tiempo atrá, de que algo muy grave se gestaba en los pasadizos de su mente, Hilda se mordía las uñas, caminando cansadamente de un lado a otro del cuarto, hilvanando teorías totalmente carentes de evidencia científica, e incluso afirmando que todo esto debía ser producto de la hechicería. Tomás, fumando desde la puerta, mirando con marcada altanería todo el desgarrador cuadro familiar, autoexcluyéndose de la enfermiza dinámica, emitiendo el juicio sumario de que el señor simplemente estaba fingiendo una enfermedad con el propósito de molestar a los demás, por otro lado Sebastián,resguardado en su altivez, meneaba la cabeza de un lado a otro, pero desligándose, menos bruscamente pero aún así, soltando amarras, y musitando posibles soluciones a nadie, porque tras la cortina de humo, Pepe se debatía entre las voces que le llamaban "El diablo" haciendo referencia a esa joroba que desde la juventud comenzó a deformar su espalda, y entre las señales que el cielo le enviaba, prometiéndole una vida mejor cuando "esos seres" llegaran a buscarlo, provenientes de lejanas estrellas, y lo llevaran a un viaje sin retorno. Lulú miraba sin mirar, presa de un desconcierto pocas veces sentido dentro de una vida digamos cómoda, en la que su decisión más importante había sido escoger un pretendiente sobre otro, basándose exclusivamente en sus características físicas, así, que mientras se maquillaba escuchaba solamente como las cuatro viejas paredes de su casa, parecían cimbrar el universo, su universo.
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pepe esquizofrenia cuento borrador
martes, 25 de mayo de 2010
jueves, 13 de mayo de 2010
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